Lord Byron en el cuadrilátero
Es difícil datar exactamente el inicio del boxeo como tal, ya que la lucha lleva acompañando al hombre desde tiempos inmemoriales. Existen registros documentados desde el IV milenio a.C. en Oriente pero muy probablemente su aparición se remonte siglos antes. No fue hasta el siglo XVII en el que comenzó a formarse la noción definitiva que conocemos hoy en día, tomando su forma final en el siglo XIX.
Según la definición de la RAE es un deporte que consiste en la lucha a puñetazos de dos contendientes, de conformidad con ciertas reglas y utilizando guantes especiales. Hoy en día es un deporte practicado a nivel mundial, forma parte de las disciplinas de los Juegos Olímpicos y mueve millones de seguidores en países como EE.UU, México, Reino Unido y Filipinas, donde existe una profunda tradición pugilística.
En la Regencia inglesa, el boxeo era un espectáculo popular, violento, un entretenimiento transversal que practicaban las diferentes clases sociales, desde la alta aristocracia hasta las clases más bajas. Todavía no se había impuesto el uso de guantes, que no llegaron hasta casi finales del XIX introducidos por John Sholto Douglas, marqués de Queensberry, el padre de uno de los amantes de Óscar Wilde y con una historia para conocer, con lo que se peleaba a puño limpio. Podemos imaginarnos las graves lesiones físicas y conmociones cerebrales que resultaban de esta práctica.
Uno de los boxeadores más conocidos de la época era John “Gentleman” Jackson, un hombre que destacaba por su impresionante morfología. Fue Campeón de Inglaterra de 1795 a 1803 y después de su jubilación como boxeador, dejó los combates y comenzó a entrenar a los estudiantes atléticamente. Muchos jóvenes nobles tomaron lecciones de Jackson en su escuela en Bond Street de Londres, entre ellos el joven poeta. Comenzó a practicar con él sparring desde el año 1805 hasta 1814 más o menos, con alguna parada intermedia. “Golpea a la derecha, golpea a la izquierda, quien no está contigo está contra ti”, escuchaba Byron a su maestro con quien entrenaba cada semana.
Esta mañana he estado entrenando con Jackson para hacer ejercicio, y mi intención es continuar y retomar mi contacto con los guantes. Mi pecho, brazos y respiración se hallan en muy buena forma, y no estoy entrado en carnes. Solía tener una buena pegada y mis brazos son muy largos para mi estatura (un metro setenta y cuatro.) En todo caso, es bueno hacer ejercicio, y este es el más severo de todos; con la esgrima y el sable no me fatigaba ni la mitad. Diario de Londres, 17 de marzo de 1814
Byron era un atlético joven que si bien es cierto que en muchas ocasiones prefería la soledad de sus cuadernos y su pluma, en otras se comportaba como cualquier joven de la época que celebraba sus salidas sociales con alcohol. Maurois en su bellísima biografía, nos cuenta que a Byron en su época universitaria no le gustaba realmente beber, sino que lo hacía por agradar a los demás. Le gustara o no lo cierto es que de vez en cuando bebía y en ocasiones bastante más de lo apropiado. En cierta ocasión que salió por la noche, después de haberse bebido en la cena una botella de champán y seis de clarete con su amigo de la universidad Scrope Davies, dejó anotado en su Diario cómo fue el día siguiente. Entrenar con Jackson hasta hacerlo sudar era uno de sus pasatiempos preferidos, con resaca o sin ella.
Ni dolor de cabeza ni malestar, ni anoche ni hoy. Al contrario, me he levantado más pronto que de costumbre, he entrenado con Jackson ad sudorem y me he sentido más saludable que en muchos días. Diario de Londres, 28 de marzo de 1814
Era tal su pasión por el boxeo que él mismo decoró un famoso biombo que actualmente se encuentra en la National Portrait Gallery y que fue adquirido por su editor John Murray en 1816. El escritor Jose Carlos Llop nos cuenta muy acertadamente sobre su significado e importancia: “Byron tenía un biombo en el que iba pegando con goma arábiga fragmentos de crónicas de la época, siluetas de boxeadores y recortes de bustos y figuras literarias, filosóficas o aristocráticas de entre los siglos XVII y XIX. Luego se tumbaba a descansar junto a él. Desde que descubrí la existencia del biombo de Byron, pensé que ese biombo era una suerte de poética contemporánea, porque la vida de un hombre contemporáneo es una vida hecha a base de fragmentos y el tiempo el diván donde a veces nos tumbamos para contemplarla”.
Poder admirar hoy en día esta parte tan íntima y personal de Byron es realmente un regalo de los dioses. La parte más conocida es la que muestra recortes de boxeadores, con un reconocible Jackson entre las numerosas figuras, pero si uno da la vuelta, se queda pasmado al descubrir un fascinante collage lleno de personajes de la época, como si se hubiera adelantado dos siglos antes a la idea que llenó nuestras carpetas y diarios con nuestros artistas favoritos. El joven poeta creó una fantasía muy byrónica que bien merece dedicar un buen tiempo a admirar todas esas miradas que se congelaron en el XIX en un biombo realmente único.
No son pocos los beneficios del boxeo tanto en la salud física como en la mental. Contribuye a mejorar la resistencia, la coordinación, la agilidad y fuerza física mientras reduce los niveles de estrés y ansiedad. Byron, que era de temperamento nervioso, se desahogaba en esos puñetazos y golpes a mano descubierta, dejando a su animal interior liberarse de alguna manera. El intenso ejercicio físico que realizaba boxeando, junto con la práctica de otros deportes como la natación o la esgrima, formaban parte de su extrema obsesión por el físico, junto a unas curiosas dietas, como la del vinagre, y hábitos como fumar o lavarse los dientes para no tener hambre. Es todo un detalle el que nos encontramos en su entrada en su diario, cuando advierte que ha hecho ejercicio con las ventanas abiertas. Qué moderno parece ese pensamiento, cuando todavía en la época lo de ventilar las estancias no se llevaba para nada.
Per esempio, no me he movido de estas habitaciones durante los últimos cuatro días: pero he hecho ejercicio pugilístico (con las ventanas abiertas) junto a Jackson una hora al día para tonificar y reanimar la parte etérea que hay en mí. Cuanto más intensa es la fatiga, mejor humor tengo para el resto del día; y así las tardes llegan con esa serena y vacua languidez que tanto me deleita. Hoy he boxeado durante una hora, he escrito una oda a Napoleón Bonaparte, la he copiado… Diario de Londres, 10 de abril de 1814
Para Byron era mucho más que la simple práctica de un deporte. Le mejoraba su parte etérea, como dice literalmente, él sentía una mejora interior después de boxear que le conducía a un estado de languidez, tan ansiado y deseado por el poeta. Un estado muy alejado de la visión que se nos ha ofrecido de Byron a lo largo del tiempo. No es la primera vez que en sus escritos más íntimos deje plasmado esa querencia por quedarse junto a sus cuadernos, plumas y tinteros antes que acudir a otro tipo de eventos más sociales, como era la costumbre en la época.
Byron se alejó del boxeo en los años posteriores. Una de las consecuencias del posterior autoexilio en 1816 fue que abandonó definitivamente su práctica, al estar lejos del gimnasio de Jackson y al adquirir un nómada estilo de vida al dejar su tierra natal. Aunque sólo formara parte de una época de su vida, y pese a su cojera, Byron es considerado hoy en día uno de los boxeadores más conocidos de la historia.
Fuentes:
- Imagen de Lord Byron boxeando con Jackson
- Diarios de Lord Byron, traducción, introducción y notas por Lorenzo Luengo. Editorial Galaxia Gutenberg, 2018
- Retrato de John Jackson
- Fotografía del biombo pugilístico de Lord Byron, National Portrait Gallery