
Diario: 20 de julio de 1817
Estimado señor — Le escribo para notificarle que he completado el cuarto y último Canto de Childe Harold. Consta de 126 estrofas y es por consiguiente el más largo de los cuatro. Falta todavía copiarlo y pulirlo y redactar las notas, que habrán de ser más numerosas que las del tercer Canto, ya que necesariamente trata más de obras de arte que de la Naturaleza. Se lo enviaré hacia el otoño. Y ahora, a nuestros cambalaches.
¿Cuánto ofrece?, ¿eh? Si quiere le enviaré algunas muestras, pero me gustaría saber en cuánto puedo cifrar mis expectativas (como suele decirse) en estos tiempos difíciles en los que la poesía no se vende ni por la mitad de su valor.
(…)
Yo no digo nada. Cuando tenga los cuatro cantos completos podría sacar una edición de todo el poema en cuarto, con algunos ejemplares sueltos de los dos últimos para quienes hayan comprado la edición anterior de los dos primeros. He aquí una sugerencia digna de «la Calle». Y ahora, reflexione y pronúnciese.
No he recibido ni una palabra de usted acerca de la suerte que han corrido «Manfred» y «Tasso», lo que me parece raro, tanto si han fracasado como si han tenido éxito. Como éste es un papelucho de negocios y ultimamente le he escrito largamente y con frecuencia sobre otros asuntos, solo me queda añadir que quedo
suyo affmo., B Carta a John Murray, Venecia.
Leer las cartas de Byron es un privilegio, poder leer los pensamientos de primera mano del gran poeta es otra manera de conocerle un poco más y acercarnos al Byron más íntimo, el que pocas veces se nos muestra. En la que hoy nos recreamos, encontramos a un Byron ya asentado en Venecia que le cuenta a su editor una histórica noticia.
El verano de 1817 nos trajo el ansiado final de su inimitable obra maestra, el cuarto y último canto que se publicará de “Las peregrinaciones de Childe Harold”, que había comenzado allá en 1812 en su particular Grand Tour cuando recorría Albania. Una autobiografía enmascarada en un afortunadamente extenso poema narrativo fue la responsable junto con el famoso retrato vestido en ropas albanesas de la confusión entre Harold y Byron, aparte de que fue la obra fundacional del arquetipo de héroe byroniano. Las damas de la época suspiraban enamoradas de la figura del cautivador personaje del que no sólo podían leer sus aventuras, sino que lo podían conocer en la realidad. Era un súper ventas, una celebridad, un influencer como se diría ahora, el mundo giraba en torno al poeta, pero muy lejos quedaba todo esto cuando Byron se sentó en su escritorio para escribir estas líneas a su editor.
En Venecia, lejos de su tierra y de su pasado y cuando las mieles del éxito ya se habían transformado en las hieles del rencor y de la hipocresía, sigue escribiendo sus mejores obras. El cambio de aires y la inevitable influencia de Venecia, hace que sea una época prolífica como pocas.
En esta carta, Byron nos muestra una curiosa faceta cuando negocia con su editor. “Y ahora, a nuestros cambalaches. ¿Cuánto ofrece?, ¿eh? Si quiere le enviaré algunas muestras, pero me gustaría saber en cuánto puedo cifrar mis expectativas (como suele decirse) en estos tiempos difíciles en los que la poesía no se vende ni por la mitad de su valor.”
Un Byron directo a la yugular: dejémonos de tonterías y vamos a lo que vamos, ¿cuánto me vas a pagar? le dispara a su famoso editor. Era un aristócrata que sin pretenderlo, encontró en la poesía una fuente de ingresos que ya no desdeñaba como anteriormente. Al fin y al cabo alguien se estaba haciendo rico con sus numerosas ventas y no era el propio autor. Incluso le hace una interesante propuesta sobre cómo editar su obra magna y no perjudicar a los lectores de sus primeras ediciones. Un Byron que se preocupaba por sus primerizos lectores, a ver si toman nota algunas editoriales.
Su a priori pequeña reflexión sobre el valor de la poesía, en su acepción más mercantil, hace que surjan cuestiones con difícil respuesta. ¿Cuál es el valor de la poesía? ¿Los versos se pueden medir en términos monetarios? ¿Es posible mercadear con algo tan etéreo y mágico como es la poesía?
Los que hemos tenido la suerte de leer poesía en mayúsculas, sabemos que son preguntas prácticamente imposibles de responder, cuantificarla en esos términos es más que complicado cuando su lectura te ha hecho vibrar y sentir algo indescriptible. Para mí poner precio a algo que tiene un valor incalculable no tiene sentido. Pero en el mundo editorial tiene que haber un precio, y Byron se lamentaba a su editor porque el de sus manuscritos estaba bastante lejos de su colosal valor, el poeta ya era consciente de lo que valía su obra escrita. Eran malos tiempos para la lírica, como dirían mis adorados Golpes Bajos. Y desgraciadamente no parece que haya cambiado mucho la situación en estos dos siglos que nos separan.
Fuentes:
- Portada de la primera edición de Las peregrinaciones de Childe Harold
- Débil es la Carne, Correspondencia veneciana (1816 - 1819) Selección de Jaime Gil de Biedma. Edición, traducción y prólogo de Eduardo Mendoza. Tusquest Editores, 1999
