
Diario: 26 de julio de 1819
Tengo aquí mis caballos de silla y se pueden dar buenas cabalgadas por el bosque; con esto y mi carruaje, que también está aquí, y el Mar y mis libros - y la dama, el tiempo pasa.
Soy muy aficionado a montar a caballo y siempre lo fui fuera de Inglaterra, pero odio Hyde Park y las carreteras de pago. Necesito bosques, praderas o desiertos para correr libremente. Detesto conocer el camino por el que voy, y que me salga al paso uno de vuestros malditos postes de señales, o un granuja aullando para cobrarme dos peniques de peaje.
Te envío un soneto que hizo la honesta dama para los esponsales de un familiar en el que jura la más alarmante constancia a su marido. ¿A que es bueno? Ya te puedes figurar mi cara cuando me lo enseñó. No pude contener la risa — una de nuestras carcajadas. Todo esto es muy absurdo, pero ya ves que en el fondo soy persona moral.
También a ella le gustan los caballos, pero cabalgar con ella es una lata, porque no sabe guiar a su caballo, que se coloca detrás del mío y trata de morderle. Entonces ella empieza a chillar con su sombrero de copa y su vestido azul cielo, componiendo la más absurda figura y abochornándonos a mí y a nuestros respectivos mozos de cuadra, que tienen un trabajo de mil demonios para evitar que se caiga o que los árboles y matorrales del Pinar le desgarren la ropa.
(…)
Ya te he puesto al corriente de mi estado actual. La Guía te explicará cómo es Ravena. No sé si estaré aquí mucho o poco. Escríbeme — quiéreme como siempre.
Afectuosamente tuyo,
B Carta a Augusta Leigh, Rávena
Una de las imágenes que sólo puedo recrear en la mente porque no existe en la realidad, que se sepa, es la de ese Byron cabalgando libremente en la naturaleza siempre que podía. Y es una grandísima pena porque es imposible disociar la persona de Byron con esa imagen. Hay innumerables muestras de ello en sus cartas y en sus diarios y sin embargo, ninguna imagen que nos lo muestre.
Byron sufría enormemente si no podía salir a cabalgar, solo o en compañía, por cualquier motivo. Una de las cosas que más le atraía de esos paseos, y que es muy Byron, era el no seguir el camino marcado, poder aventurarse en la salvaje naturaleza y seguir su propio sendero. Famosos son sus paseos por las playas de Lido en Venecia con su amigo Percy B. Shelley, que pasaron a la historia en forma de versos escritos por Shelley en Julián y Máddalo o en las páginas del imprescindible cómic Los invisibles, de la mano de Grant Morrison.
Tan importantes y beneficiosos para su salud y equilibrio mental, esos paseos también le pasaron factura físicamente en más de una ocasión. La última y la más trágica fue el último paseo a caballo en la pantanosa Mesolongi, una funesta tarde tormentosa en la que se caló hasta los huesos. Se le había recomendado que no saliera a cabalgar con esas adversas condiciones, pero hizo caso omiso a las advertencias y ese día comenzó la cuenta atrás final en la vida del poeta.
La destinataria de estas letras, su hermanastra Augusta Leigh, recibe un pequeño pero ilustrativo resumen de la vida cotidiana de Byron en su etapa italiana. Caballos, mar, libros y la dama eran los cuatro pilares de la actual vida del supuestamente poeta libertino. Y así se lo hace saber a la mujer por la que todavía bebe los vientos mientras empieza a conocer al que será su último y más pasional amor, Teresa Guiccioli.
De ella es de la que habla cuando le cuenta el bochorno que siente cada vez que cabalga junto a la jovencísima Teresa de sólo 19 años. Por lo que cuenta, tendría que ser una escandalosa escena que se repitiera en sus paseos con el caballo y que le estropeaba el paseo que tanto disfrutaba en su vida. La sinceridad con la que le habla a Augusta es apabullante, no se anda con medias tintas para narrar estos hechos. Pero así era la mujer de la que estaba enamorado: una joven culta, apasionada hasta el dramatismo, dulcemente afectuosa, incluso un poco alocada.
La verdad que estos momentos no impidieron que siguieran conociéndose y amándose como sólo ellos llegaron a hacer. Teresa fue una de las mujeres más importantes en la vida de Byron, llegando a convivir con ella prácticamente como si fueran un matrimonio real e influyendo decisivamente en su persona y en su obra. Los doce años que les separaban y que ella ya estuviera casada con un poderoso noble de 60 años, no fueron obstáculo alguno para continuar amándose todos esos años hasta que la muerte de Byron en la lejana Grecia durante la primavera de 1824 los separara trágicamente para siempre.
Fuentes:
- Imagen de “Retrato ecuestre de un hombre de perfil”, Richard Dighton, 1815 -1880.
- Débil es la Carne, Correspondencia veneciana (1816 - 1819) Selección de Jaime Gil de Biedma. Edición, traducción y prólogo de Eduardo Mendoza. Tusquest Editores, 1999
