Lord Byron ha muerto
Lord Byron ha muerto: Estas terribles y dolorosas palabras se pronunciaron por primera vez el lunes de Pascua de 1824 en Mesolongi, Grecia. Byron había acudido meses antes a tierras griegas cuando se embarcó en la aventura de la liberación de Grecia. Dejó atrás toda su vida conocida en Rávena, a su querida y desconsolada Teresa Guiccioli que ya sabía que no le iba a volver a ver más. Sólo se acompañó del hermano de Teresa, el conde Pietro Gamba 1 , de sus leales criados, entre ellos su inseparable Fletcher, y de sus adorados perros.
Su lucha por la liberación del imperio Otomano no sólo le costó mucho dinero, endeudándose y desprendiéndose de sus pertenencias, sino que le llegó a costar su vida, pero no de la romántica manera que hubiera preferido tener. Allí fue recibido como una especie de héroe, el poeta de la libertad le llamaban. Su homérico casco y sus ostentosos ropajes contribuyeron a dotar aún más de ese halo especial que siempre rodeaba a la figura del poeta. Su presencia también hizo que adquiriera una relevancia internacional que ayudó considerablemente al éxito final de la causa griega.
El jueves anterior había estado cabalgando, uno de sus entretenimientos diarios favoritos, aunque el tiempo no le acompañó en esa ocasión. Mesolongi era una zona pantanosa, a lo que se unió la lluvia que hizo su aparición y dejó al poeta calado hasta los huesos. Todo ello hizo que en la vuelta en barco hasta Mesolongi, en un viaje lento y con la ropa húmeda y pegada a su cuerpo, comenzara a manifestarse la fiebre de los pantanos o alguna enfermedad parecida. No hay certeza en la causa exacta de su fallecimiento, nunca hubo algo parecido a una autopsia, y la medicina en 1824 todavía estaba muy lejos de lo que conocemos hoy en día. A esta circunstancia se unió que Byron ya no estaba bien físicamente, en febrero había sufrido un episodio epiléptico del que todavía no estaba totalmente recuperado.
Los escalofríos y una sensación de profundo malestar invaden al poeta poco después de llegar a Mesolongi. Comienzan los síntomas de su última enfermedad y según van pasando las horas, esos síntomas van empeorando más y más. Los delirios de Byron desde su cama cada vez son más frecuentes mientras le convencen de que las sangrías son la solución a su enfermedad. Existía la creencia en la época de que las sangrías eran beneficiosas para los casos de inflamación cerebral. Ese mismo sábado 17, viendo que el paciente no mejoraba, le practicaron dos sangrías dejando al convaleciente más débil todavía mientras Byron suplicaba que no le sangraran más 2 .
Pero ni las súplicas ni los deseos del poeta se cumplieron en ninguno de los casos, como le sucedió continuamente a Byron. Se encontraba en su último lecho rodeado de sus inseparables criados Fletcher y Tita, Bruno, uno de los médicos presentes, y de William Parry, el que se convirtió en su confidente y más tarde escribió el famoso e imprescindible “Los últimos días de Lord Byron”.
Al día siguiente que era domingo de Pascua, la población no celebraba ninguna resurrección como era la costumbre, sino que estaban angustiados por el estado de salud de su querido poeta de la libertad. El silencio más absoluto rodeaba a la vivienda donde residía Byron. Ese día se reunieron los cuatro médicos a disposición de Byron: Bruno, Lucca Vaya, Triber y Milligen. De ellos los dos primeros proponían soluciones para tratar fiebres del tipo tifoideas, entre ellas las sangrías, mientras que los dos últimos se inclinaban más por otro tipo de remedios como las sanguijuelas y cataplasmas, métodos mucho menos agresivos para el paciente.
Sea como fuere, ninguno de los remedios aplicados aportó un beneficio inmediato, más bien empeoraron las precarias condiciones de salud en las que se encontraba Byron. En sus últimos momentos de lucidez, tuvo tiempo de leer todavía alguna carta, como si la vida siguiera su camino sin saber que el fin estaba muy cerca. Pero todos los que le rodeaban, sí sabían que a Byron se le estaba escapando la vida poco a poco y que no podían hacer nada por evitarlo.
Siendo perfectamente consciente de su próximo fin y con las últimas fuerzas que le quedaban, advirtió a su leal criado Fletcher, que le acompañó durante prácticamente toda su vida, “ahora que esto se acaba, es preciso que te lo diga todo sin perder momento”. Sus últimos pensamientos y palabras fueron para su hija Ada, lady Byron y su hermanastra Augusta, pero a Fletcher le costaba entender aquello que su querido amo le iba dictando. Ya no tenía casi fuerzas para hacerse entender, le faltaba hasta el aliento.
—¡Ah, Dios mío! —dijo Byron—, entonces todo está perdido, pues es demasiado tarde. ¿Es posible que no me hayas entendido?
—No, milord. Pero yo os ruego: repetidme vuestras órdenes.
—No puedo, es demasiado tarde; todo está terminado.
—Que se cumpla la voluntad de Dios y no la nuestra —dijo Fletcher.
Y Byron, haciendo un nuevo esfuerzo, dijo:
—Si, y no la mía; voy a intentar...
Probó varias veces a hablar, pero no pudo más que repetir:
—¡Mi mujer, mi hija, mi hermana; ya lo sabes todo; debes decirlo todo; tú conoces mis deseos!
Después de esto volvió a ser difícil comprenderle. Pronunciaba nombres, cifras. Tan pronto hablaba en inglés como en italiano. A veces decía:
—¡Pobre Grecia, pobre ciudad, pobres servidores mios! —y añadía—: ¿Por qué no he sabido esto antes?
Después de un intervalo, exclamó:
—¡Mi hora ha llegado! No temo a la muerte, pero ¿por qué no fui a mi casa antes de venir aquí?
Más tarde dijo en italiano:
—Jo lascio quealche cosa dicaro nel mundo... (Yo dejo algo
querido en el mundo.)
Hacia las seis de la tarde dijo:
—Ahora voy a dormir.
Y echándose del otro lado, cayó en un sueño del cual no despertó más. André Maurois, Lord Byron
Sus últimas palabras conocidas fueron “ahora me voy a dormir” y así fue literalmente cómo se despidió Byron de este mundo. El joven poeta de sólo 36 años 3 se sumió en un estado de coma que culminó trágicamente la tarde del lunes 19 de abril de 1824, cuando por última vez abrió sus enigmáticos ojos para cerrarlos para siempre entre los estertores de la muerte. Esa tarde no solo lloraron los que le acompañaban en Mesolongi, el cielo comenzó a dejar caer sus lágrimas desconsoladas en forma de una violenta tormenta que llenó de relámpagos y truenos ese aciago día. Lord Byron había dejado este mundo y no había consuelo posible para nadie que le conoció en vida.
Hoy siguen resonando tristemente los tañidos de campanas que anunciaron su muerte. Más de 200 años después seguimos recordando con profunda tristeza y dolor el día en el que el más grande de los poetas dejó este mundo para unirse a la inmortalidad de la historia universal. Pero no nos quedemos en la tristeza y el desconsuelo, dicen que uno nunca muere si se le recuerda y dos siglos después seguimos recordando y añorando al genial poeta y mejor persona.
Porque Lord Byron sigue vivo en nuestros corazones.
Fuentes:
- Lord Byron en su lecho de muerte, por Joseph Denis Odevaere, 1825
- A narrative of lord Byrons last journey to Greece, Pietro Gamba, 1825
- Lord Byron con su homérico casco, por Thomas Fairland, 1827
- Grabado Lord Byron en su lecho de muerte, por Robert Seymour, 1824
- Portada del libro Los últimos días de Lord Byron, por William Parry, 1825
- Lord Byron, por André Maurois. Colección Aguilar Maior, 1988